Hace tiempo que no concilio el sueño, que no conozco el significado de la palabra dormir, que no cierro los ojos. Me pesa el alma.
No puedo dormir y eso me obliga a pensar noche sí y noche también. Pienso siempre en lo mismo. Es un sueño que tengo sin soñar. Pienso en quien de verdad necesito pensar, en quien me quita aún más horas de sueño, en quien no sueña conmigo.
Soy de esas personas que huyen de la oscuridad que tras ellos queda cuando apagan la luz por miedo a que se les trague. Tengo miedo, verdadero miedo, a cualquier sonido en mitad de la noche, a cualquier movimiento, a cualquier sombra aún más oscura que la propia noche.
Me emociono cada vez que apago la luz porque sé que volveré a pensar en lo mismo, porque sé que es un sueño tan claro que ni siquiera me hace falta dormir para tenerlo. Me emociona, me hace secarme las mejillas de vez en cuando y es que, cuando se piensa en lo que se sueña, se da uno cuenta de que los sueños son eso y nada más.
Abrazar al amor sin apresurarse, sin abrigo,
sin abalorios ni amigos,
sin amada, con un ramo de amapolas y azucenas
que abarque una abadía
y que aparte esté el alma mía.
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